Si para los derechohabientes es difícil padecer estas condiciones, imaginemos lo que significa para médicos, enfermeras y trabajadores que deben resolver las carencias mientras intentan brindar atención.
La Opinión de: Alfredo Ramírez // La marcha nacional de trabajadores del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) no debería sorprender a nadie. Era una situación que se veía venir. El personal de salud está cansado de trabajar en condiciones que, desde hace tiempo, generan inconformidad: falta de medicamentos, escasez de insumos, equipos insuficientes y, en muchos casos, menos trabajadores de los que se necesitan para atender a los pacientes.
En Nayarit, quienes hemos acudido a un hospital del Seguro Social conocemos esa realidad. Nos ha tocado ver pasillos saturados, derechohabientes esperando durante días en sillas, familias recorriendo farmacias sin encontrar los medicamentos que necesitan y pacientes que viven con la incertidumbre de no saber cuándo podrán recibir el tratamiento que esperan.
También están los casos de cirugías que, según refieren pacientes y familiares, deben posponerse por problemas relacionados con el presupuesto o la disponibilidad de recursos. Detrás de cada procedimiento aplazado hay una persona que espera recuperar su salud, una familia preocupada y una historia que no puede reducirse a una cifra en un informe.
Y mientras todo esto ocurre, desde los discursos oficiales se insiste en que existe suficiente abasto, que no hay mayores problemas y que el sistema de salud se encuentra entre los mejores del país.
Pero una cosa es lo que se dice detrás de un escritorio y otra muy distinta lo que vive una persona que pasa horas, o incluso días, esperando atención médica.
Si como pacientes nos resulta angustiante enfrentar esas condiciones, imaginemos lo que significa para el personal médico y de enfermería que tiene que lidiar con ellas todos los días. Son trabajadores que llegan a sus turnos con la responsabilidad de atender a decenas de personas, muchas veces sin contar con las camas, los medicamentos, los materiales o el personal necesario.
Son ellos quienes tienen que buscar dónde acomodar a un paciente, resolver cómo continuar una atención cuando falta algún insumo y hacer todo lo posible para brindar un servicio digno en medio de las limitaciones. Son ellos quienes deben mirar a los ojos a una familia preocupada y explicar por qué todavía no hay una cama disponible o por qué un procedimiento tendrá que esperar.
Por eso, reducir la inconformidad a una simple protesta salarial sería ignorar una parte importante del problema. Claro que los trabajadores merecen salarios justos, pero también necesitan condiciones adecuadas para desempeñar su labor y herramientas suficientes para atender a quienes depositan su confianza en el Seguro Social.
Las autoridades deberían darse una vuelta por los hospitales del IMSS en Nayarit. Pero hacerlo de verdad: sin avisar con anticipación a los directivos, sin recorridos preparados ni áreas arregladas especialmente para la ocasión. Que lleguen a las salas de espera, recorran los pasillos, hablen con los pacientes y escuchen al personal médico y de enfermería.
Que pregunten cuánto tiempo llevan esperando los derechohabientes, qué medicamentos no han podido conseguir, cuántas cirugías se han pospuesto y qué necesita el personal para trabajar en mejores condiciones.
Porque para conocer la realidad de un hospital no basta con revisar estadísticas o escuchar informes; también hay que mirar lo que ocurre en sus salas, sus pasillos y sus áreas de atención.
La movilización nacional debería servir para abrir una conversación seria sobre las condiciones laborales y la capacidad de respuesta del IMSS. No se trata de descalificar a una institución de la que dependen millones de familias, sino de reconocer los problemas que sus propios trabajadores y derechohabientes señalan y buscar soluciones concretas.
Un sistema de salud no se mide solamente por lo que dicen sus informes, sino por la atención que recibe una persona cuando más lo necesita.
Mucha fuerza a las y los trabajadores del IMSS. A quienes todos los días hacen lo posible por atender a sus pacientes, aun cuando las condiciones no son las mejores. Y también a los derechohabientes y sus familias, que merecen medicamentos disponibles, atención oportuna, instalaciones dignas y la tranquilidad de saber que recibirán la atención que necesitan.
La salud no puede quedarse en discursos. Se demuestra con hechos.
